Había una vez una princesa de nombre Rizosa Chocolatína y es de lo único que recuerdo de ese episodio cultural en una feria del libro en el palacio de minería por allá en mil novecientos ochenta y tantos, desde entonces ese fue uno de mis apodos “afectuosos” de mi familia, la realidad estaba tan alejada de la realeza como de ser un pez nadando libre en el fondo del mar, hoy se que en el fondo del mar hay mucha basura y seres extraños, aunque esa es otra historia. Volviendo a trabajar este deshilado, chocolatína, asumían que como me encantaba el chocolate en todas las presentaciones culinarias (dulce, picante, líquido, sólido y anexos) se les hizo buen comparativo aunque mi madre no e cuerda afición alguna por esa semilla de Dioses durante mis lunas de gestación.
En toda la vida que he tenido, nada me ha maravillado hasta hace unos años el encontrar Taiyakis en mi ciudad, o maravilla, no necesitaré ir al otro lado del océano pacífico para encontrarlo, y fui feliz en cada mordida de esa primera ocasión, feliz de ver como lo preparaban y de ese delicioso relleno chocolatoso que le infundían. esa figura bizarra de pez sonriente por ser devorado, ni en los cómics los había visto así, ayer me proporcionó tanta gracia el ver las filas por un combo en base a un grupo k pop, y eran simplemente retazos de pollo comunes y corrientes y para colmo de cadena americana, el consumismo en su máxima expresión, mientras yo engullía mi sabroso dulce cero filas y más original que una bolsita de papel. Dejaremos para mañana otra opción de chocolate, y guisare pescado con manteca de cacao en oda y alegoría a esta afición.

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